Por muchas noches en blanco que una dedique a pensar en su biografía sentimental, la verdad, es que encontrara pocas soluciones. Podrá parchear tal o cual relación, pero al final, volverá a pasar lo de siempre. Que en un momento dado, saltará en pedazos. Como tantas otras veces. Porque uno es como es, y no es fácil dejar de serlo para querer a alguien. Es casi, un combate perdido ante mano. Asique lo mejor que nos podía pasar, es que las relaciones sentimentales, vinieran con fecha de caducidad, como los yogures, así sabríamos de ante mano, cual es la fecha del final, y no perderíamos el tiempo ni seguridades, sospechas, ni discusiones. Nos dedicaríamos a disfrutar cada momento hasta la última décima de segundo. Aunque, si lo piensas, lo bueno de no tener fecha de caducidad, es que nos permite seguir soñando con que, esta vez si, ese yogur, pueda conservarse para siempre
Es como un vicio, un adictivo. Me gusta porque va en pequeñas dosis, intensas, pero pequeñas. Me gusta porque acelera el pulso, sube la adrenalina. Porque es algo muy flexible pero fácil de romperse. Me gusta porque no tiene sentido ni hace falta buscarle explicación. Porque te provoca fanatismo, te hace sentir libre pero nunca te libera. Porque la palabra clave es: improvisación. Y sabe ponerte a prueba. Porque es irremediable e incurable. Produce locura y eso, me gusta.



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