Supongo que era predecible. Era de esperar que yo, como siempre, volviera a notar ese huracán de pensamientos que me aturden, que me volviera a fijar en el punto mas insignificante, en el miedo mas pequeño, en la palabra menos pensada y que, de nuevo tropezara con esa necesidad de cerrar los ojos, contar hasta 10 y respirar profundamente. Sabiendo que, apesar de eso, no me quedaré agusto.
¿Cómo pude realmente pensar que todo eso había quedado atrás? Invente en mi la capacidad de poner la mente en blanco y no hacer caso a lo que rondaba a mi alrededor, pero ahora, ahora sé que el equilibrio no existe. Solo es un cuento. Y que yo, claramente, no soy quien para intentar controlar al milímetro lo que pasa delante de mí.
Es como un vicio, un adictivo. Me gusta porque va en pequeñas dosis, intensas, pero pequeñas. Me gusta porque acelera el pulso, sube la adrenalina. Porque es algo muy flexible pero fácil de romperse. Me gusta porque no tiene sentido ni hace falta buscarle explicación. Porque te provoca fanatismo, te hace sentir libre pero nunca te libera. Porque la palabra clave es: improvisación. Y sabe ponerte a prueba. Porque es irremediable e incurable. Produce locura y eso, me gusta.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)




No hay comentarios:
Publicar un comentario